Llegamos a Pliego cuando el sol empezaba a caer detrás de las montañas. El ambiente ya se notaba especial: luces encendidas, gente disfrazada, nervios previos y ese murmullo típico de las San Silvestres que te recuerda que el año se acaba… pero todavía queda una última batalla. Para los que veníamos del CD Filippedes Moratalla, Diego Casanova, Paula del Real, Martín Navarro y José María Jorquera, esta San Silvestre Trail El Portichuelo era mucho más que una carrera: era cerrar el calendario juntos, en la montaña y con zapatillas de trail.
La salida desde la Glorieta fue rápida. Los primeros metros por las calles del pueblo se hicieron alegres, con vecinos animando y algún sprint innecesario fruto de la emoción. Sabíamos que aquello duraría poco. En cuanto dejamos atrás el asfalto y comenzamos a ganar altura, la carrera enseñó su verdadera cara.
La subida principal se hizo notar. No era exageradamente larga, pero sí constante, de las que obligan a buscar ritmo y a recordar que todavía queda mucho por delante. En ese tramo cada uno corría un poco consigo mismo: respiración controlada, zancada corta y cabeza fría. El sendero se estrechaba y el terreno pedía atención.
En la parte más alta del recorrido, el grupo ya estaba estirado. Algún “¡vamos!” cruzado con corredores conocidos y ayudantes, respiraciones acompasadas y esa sensación tan de trail de ir avanzando entre silencio y esfuerzo.
La bajada fue, sin duda, el tramo más divertido. Técnica, rápida, con ganas de soltarse pero sin perder el respeto al terreno. Ahí tocó apretar, dejarse llevar y disfrutar. Las piernas empezaban a protestar, pero el cuerpo ya sabía que la meta estaba más cerca que lejos.
Al volver a entrar al pueblo, con las calles iluminadas y la gente animando, apareció ese último empujón que solo se da en este tipo de carreras. Da igual el crono, da igual la posición: cruzar la meta en una San Silvestre siempre tiene algo especial. Sonrisas, choques de manos y miradas cómplices entre compañeros.
La San Silvestre Trail El Portichuelo fue, una vez más, una forma perfecta de despedir el año: trail, esfuerzo, ambiente festivo y montaña. Una carrera humilde, bien organizada y con esencia, de las que se recuerdan más por lo vivido que por lo corrido. Cerramos el año felices y ya pensando en el siguiente dorsal.
Filippedes, más que un club.
Por: Chema Jorquera


